Truenos, aranceles y otros prodigios

A dos semanas de las elecciones de mitad de mandato, Trump está probándolo todo para recuperar apoyos. Entre cheques fantasma, fraudes electorales imaginarios y pactos con el Kremlin, hasta los dioses del Olimpo parecen haber perdido la paciencia: en el mercado de predicciones Polymarket, los demócratas tienen un 63 % de probabilidades de conquistar ambas cámaras.

Salmoneo y Trump

Hay una razón por la que la mitología griega nunca pasa de moda: funciona como un archivo permanente de los peores instintos humanos y demuestra que nuestra evolución, al menos en lo que respecta a la megalomanía, se detuvo en los albores de la civilización. Sus historias son algoritmos arcaicos que muestran hasta qué punto los grandes desvaríos del poder siguen siendo sorprendentemente idénticos, desde la Edad Oscura griega hasta las redes sociales. El mito toma el delirio de un solo iluminado y lo convierte en el modelo universal de toda propaganda futura, anticipando con un sarcasmo casi desarmante el retrato robot del populismo moderno.

Tomemos a Salmoneo, rey de Élide, aquejado de una espectacular forma de hybris y delirios de omnipotencia. De tanto repetir a sus súbditos que el único Zeus era él, acabó por creérselo de verdad y se convirtió en la primera víctima ilustre de sus propias noticias falsas. Desde el principio cuidó la puesta en escena con el celo de un empresario del espectáculo.

Según la tradición mitográfica, mandó construir un puente de bronce por el que lanzaba su carro a toda velocidad; detrás llevaba atadas pieles y calderos para que el estruendo imitara el fragor del trueno. A los efectos acústicos añadió los luminosos: para simular los rayos divinos, arrojaba antorchas encendidas hacia el cielo. Llevando su arrogancia más allá de cualquier límite, ordenó finalmente que los sacrificios y las ofrendas destinados a Zeus se le entregaran a él.

Virgilio lo sitúa en el Tártaro, en el libro sexto de la Eneida, y lo describe como demens, un demente. Después le aplica una fórmula que debería estar grabada a la entrada de todas las salas de prensa: non imitabile fulmen. El rayo que no se puede imitar.

Tres mil años después, el rey megalómano ha sustituido el puente por una cuenta en Truth Social, y le bastan unas cámaras y un móvil para lanzar truenos y rayos a diestro y siniestro. El estruendo llega en tiempo real, como descargas lanzadas a escala global. La trayectoria de Donald Trump es ahora la versión digital y de alto presupuesto de la de Salmoneo. Con una mejora nada desdeñable: colecciona mitos como otros coleccionan sellos. Según la promesa de turno, Trump encarna un mito distinto de la antigua Grecia: Salmoneo, Midas, Tántalo. Como todos ellos, no ve que desafiar a los dioses o a las fuerzas que sostienen el universo siempre acaba en tragedia.

El miércoles 9 de septiembre de 2026, desde el escenario del American Airlines Center de Dallas, durante la primera convención republicana de mitad de mandato, Trump añadió un nuevo efecto especial a su repertorio: 5.000 dólares para cada ciudadano estadounidense adulto, pero solo si los republicanos mantienen el control de la Cámara de Representantes y el Senado en las elecciones del 3 de noviembre. Lo llamó Trump dividend, el dividendo Trump. El truco consiste en hacer tanto ruido que todos acaben convencidos de que el rayo es real.

El sábado 3 de octubre de 2026, a un mes de las elecciones de mitad de mandato, Trump volvió a lanzar en Truth Social la promesa de los 5.000 dólares: «Solo yo puedo haceros esta promesa». Según sostiene, el dinero procederá de los aranceles y del crecimiento económico. Como respaldo, blande 21 billones de dólares en inversiones que supuestamente se habrían comprometido en Estados Unidos en quince meses, una cifra que las comprobaciones disponibles no consiguen vincular a inversiones efectivamente realizadas. Mientras tanto, la deuda federal sigue creciendo.

A los votantes les toca sufrir el tormento de Tántalo, en versión fiscal. No es la primera promesa de dinero: en 2025 Trump había planteado un dividendo de 2.000 dólares financiado con los aranceles y, anteriormente, una bonificación de 5.000 dólares vinculada a los ahorros del DOGE. Ninguna de las dos propuestas se tradujo en el pago anunciado. Entretanto, el 2 de octubre de 2026, la Casa Blanca comunicó un pago único de 90 dólares a más de 20 millones de afiliados a Medicare Part B, financiado a través del Medicare Improvement Fund. Más anuncios, más cifras, más destinatarios: promesas aún por verificar junto a un pago concreto y limitado, a un mes de las urnas.

Trump parece apostar por la rapidez con que una promesa nueva puede desplazar a la anterior, por la dificultad de distinguir un anuncio de un resultado y por la posibilidad de que los votantes no pidan explicaciones sobre las cifras. Le basta con creer que todavía están dispuestos a seguir creyéndole.

Salmoneo fingía los truenos y los rayos para hacer creer que era Zeus. Trump lanza moneditas sobre las urnas y promete miles de millones para hacer creer que es Dios.

Midas y el cajero automático de los dioses

Pero los efectos especiales, como sabemos, salen caros, y para pagarlos Trump tiene que cambiar de máscara.

Ante la pregunta más prosaica del mundo —¿quién paga?—, la respuesta llega puntual, por boca de los estrategas televisivos: los aranceles.

En la cosmología trumpiana, los aranceles funcionan como un cajero automático divino: se introduce una mercancía extranjera y salen dólares estadounidenses, sin que ningún ciudadano tenga que teclear el PIN. Lástima que la tarjeta sea la de los importadores estadounidenses, que trasladan parte de la factura a las empresas y los consumidores. El cajero de los dioses carga el importe en la cuenta equivocada.

Es el deseo de Midas, el rey frigio que pidió convertir en oro todo lo que tocaba y descubrió demasiado tarde que el oro no se podía comer. Midas, al menos, tuvo la decencia de darse cuenta cuando le pusieron el plato delante.

Hagamos las cuentas, que es la parte menos espectacular de la historia. En Estados Unidos hay unos 245 millones de ciudadanos adultos: cinco mil dólares por cabeza suman 1,225 billones de dólares. Una cantidad que habría que desembolsar en un solo año. Cinco mil dólares tienen peso, consistencia e incluso un efecto psicológico. 1,225 billones son una cifra abstracta, lo bastante grande como para dejar de parecer dinero y empezar a parecer decorado.

Los ingresos arancelarios, sin embargo, no imprimen cheques a voluntad. Según el Committee for a Responsible Federal Budget, citado por FactCheck.org, los aranceles generan menos de 200.000 millones de dólares al año: harían falta más de seis años de aranceles para pagar un solo año de dividendos. Además, esos ingresos ya están contemplados en las proyecciones presupuestarias: destinarlos a los dividendos supondría renunciar a utilizarlos para reducir el déficit o cubrir otros gastos.

El cajero de Midas, por tanto, tiene un pequeño defecto: no dispensa dinero que no existe. Y el oro prometido por Trump corre el riesgo de convertirse, una vez más, en una montaña de deuda.

En el mundo real de la jurisprudencia estadounidense, el milagro se estrelló contra la Constitución. El viernes 20 de febrero de 2026, por seis votos contra tres, en el caso Learning Resources, Inc. v. Trump, el Tribunal Supremo dictaminó que la International Emergency Economic Powers Act (IEEPA) no autorizaba al presidente a imponer aquellos aranceles. La mayoría rechazó la interpretación que habría convertido una ley concebida para afrontar emergencias económicas en una delegación prácticamente ilimitada de la potestad arancelaria.

De los aproximadamente 166.000 millones de dólares recaudados al amparo de la IEEPA, una parte sustancial está ahora sujeta a devoluciones a los importadores. Según los datos de la U.S. Customs and Border Protection remitidos al Tribunal de Comercio Internacional, a 21 de agosto de 2026 las solicitudes aceptadas para su tramitación ascendían a unos 132.500 millones de dólares; de esa cantidad, 106.600 millones ya habían sido certificados y enviados al Tesoro para su pago. Por una vez, el cajero de los dioses sí ha dispensado dinero. A los importadores. Solo en junio, el Tesoro devolvió 49.200 millones de dólares, más del doble de los 23.600 millones recaudados con los nuevos aranceles ese mismo mes, y el déficit federal de junio ascendió a 120.000 millones. Así, los estadounidenses pagan los aranceles dos veces: primero, en parte, a través de los precios; después, mediante la deuda pública que financia las devoluciones. Los cheques prometidos por Trump nunca llegaron. La factura, sí.

La carestía de la vida en Estados Unidos lleva la firma de Trump. Los aranceles, que el Tribunal Supremo declaró posteriormente ilegales, empujaron a importadores y minoristas a subir los precios para recuperar los costes. Ahora, precisamente porque eran ilegales, esos aranceles vuelven a los importadores con intereses, incluso cuando los clientes ya los habían pagado en caja. Las empresas cobran dos veces; los consumidores pagan dos veces. En febrero, sobre una factura ya abultada, Trump añadió la guerra contra Irán, que llevó el precio del diésel a máximos históricos.

El sábado 18 de julio de 2026, el líder supremo iraní, Mojtaba Khamenei, calificó la firma de Trump de «totalmente carente de valor y credibilidad» y acusó a Washington de haber violado repetidamente el memorando de entendimiento con Teherán. Una declaración interesada, pronunciada por una de las partes implicadas en un conflicto, pero que ofrece una valoración poco halagadora de la fiabilidad del presidente estadounidense. En el Tesoro podrían imprimirla en los billetes: al menos esta vez, el valor nominal estaría garantizado.

También en el frente canadiense, las cifras cuentan una historia distinta de la que se imagina en la Casa Blanca. Según una encuesta de Reuters/Ipsos realizada del 28 al 30 de agosto de 2026 y publicada el 1 de septiembre, el 57 % de los estadounidenses se opone a nuevos aranceles sobre Canadá, mientras que apenas el 20 % los apoya.

En cuanto a Groenlandia, la anexión quedó fuera del acuerdo alcanzado con los aliados europeos. De Canadá como quincuagésimo primer estado queda, en cambio, una encuesta de Research Co. de enero de 2026: solo el 17 % de los estadounidenses querría que se convirtiera en territorio o estado estadounidense. No es precisamente un plebiscito imperial.

El golpe que incineró a Salmoneo

Cuando las encuestas le dan la espalda, Trump vuelve a ponerse la máscara de Salmoneo. El rey usurpó los rituales de Zeus y se apropió de los sacrificios destinados al dios. Zeus lo incineró. En democracia, el sacrificio supremo es el voto: Trump ha dedicado su segundo mandato a construir los instrumentos necesarios para someterlo a su voluntad.

Los ensayos generales se remontan a 2020: falsos compromisarios electorales, presiones sobre Mike Pence, el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021. Tras la reelección de Trump, se cerraron las causas federales contra él por sus intentos de subvertir el resultado. El miércoles 9 de septiembre de 2026, en Dallas, Trump declaró que había ganado la presidencia tres veces. Los estadounidenses recuerdan dos.

Trump sigue abrazado a su propia versión de 2020, como si bastara con repetirla para convertirla en verdad. Las papeletas del condado de Fulton se han vuelto a contar y examinar en varias ocasiones: en Georgia, Joe Biden ganó por 11.779 votos.

La operación empezó el primer día. El lunes 20 de enero de 2025, Trump indultó o conmutó las penas de los condenados por el asalto al Capitolio y ordenó también cerrar los procedimientos federales que seguían pendientes. El martes 25 de marzo firmó una orden ejecutiva para reescribir parte de las normas federales electorales, imponiendo, entre otras medidas, la obligación de presentar pruebas documentales de ciudadanía para inscribirse en el censo electoral federal. En noviembre indultó además a más de 75 aliados implicados en los intentos de revertir el resultado de 2020, incluidos los llamados falsos compromisarios electorales. El miércoles 28 de enero de 2026, el FBI incautó más de 650 cajas de papeletas y documentos electorales del condado de Fulton. El lunes 2 de febrero, Trump pidió a los republicanos que «nacionalizaran» las elecciones. En septiembre, el Departamento de Justicia intensificó las investigaciones sobre el voto de los no ciudadanos, mientras Seguridad Nacional reivindicaba 160 detenciones. El puente de bronce está listo.

Solo faltaba el trueno. En septiembre llegaron las cifras oficiales: unas 1.600 investigaciones y 160 detenciones por presuntas irregularidades relacionadas con el voto de los no ciudadanos, sobre un total de más de 211 millones de votantes inscritos. En 2024 votaron más de 150 millones de estadounidenses. La alarma por un fraude masivo ha producido hasta ahora menos de una detención por cada millón de personas inscritas en el censo electoral, pero todavía no sabemos si esas detenciones acabarán en condena o resultarán ser nuevos abusos dirigidos contra inmigrantes.

Cuando quien grita fraude es un amigo, el FBI aparece con la cizalla. El 2 de junio de 2026, Clint Curtis, responsable electoral del condado de Shasta, bastión trumpista de California, perdió las primarias: Joanna Francescut lo derrotó con el 58 % de los votos. El 2 de julio, Curtis certificó el resultado. Después empezó a sembrar dudas sobre las elecciones cuyo resultado acababa de certificar: algunas papeletas, según él, tenían una textura y un olor distintos de lo habitual. Las encerró bajo candado y llamó al FBI. En septiembre, tras una citación de un gran jurado federal, los agentes cortaron el candado. De pruebas de papeletas falsificadas, por ahora, ni rastro. Al republicano que pierde le basta con sembrar la duda: le sale más barato que admitir la derrota. El 3 de noviembre seguirá siendo él quien supervise las elecciones del condado.

El escenario de noviembre ya está montado. De los 37 expertos en administración electoral consultados por Votebeat en la primavera de 2026, más de tres cuartas partes consideraron al menos bastante probable que Trump pidiera a la Guardia Nacional o a agentes federales que incautaran los equipos electorales después de la votación. Para veintisiete de los 37, la presencia federal o militar en los colegios electorales era al menos bastante probable. El puente llega hasta las urnas.

El gobernante que se proclama vencedor antes del recuento, las papeletas bajo llave, los funcionarios amenazados, los cómplices indultados. Salmoneo recibió un rayo por mucho menos.

Tántalo va al Kremlin

De poco sirven los truenos, el oro y las papeletas si llenar el depósito cuesta demasiado. A dos semanas de las elecciones, Trump va a buscar combustible donde ningún presidente estadounidense lo buscaba desde 2022: al Kremlin.

El viernes 9 de octubre de 2026, tras una conversación telefónica con Vladímir Putin, anunció la llegada de más de 300.000 toneladas de gasóleo ruso: unos 2,25 millones de barriles, medio día de consumo estadounidense, que además habrá que repartir con el resto del mundo. Washington ha autorizado las importaciones hasta el 7 de abril de 2027. Las elecciones son el 3 de noviembre.

En el Tártaro, Tántalo permanece sumergido hasta el cuello en un lago. Cuando se inclina para beber, el agua se retira; cuando alarga la mano hacia los frutos, el viento levanta las ramas. El automovilista estadounidense conoce bien el suplicio: el alivio está siempre a un palmo, mientras el precio en el surtidor sube un poco más. Trump le ofrece medio día de gasóleo y lo llama remedio.

Pero la sed era solo el castigo. El crimen de Tántalo lo había cometido a la mesa: invitó a los dioses a un banquete y les sirvió a su propio hijo, Pélope. Trump se ha sentado a la mesa del Kremlin y ha puesto a Ucrania en el plato.

A Kiev le ha tocado el papel de Pélope: servida en la mesa sin haber sido invitada. Washington exige que Ucrania deje de atacar las refinerías rusas y, según funcionarios ucranianos y europeos, ha amenazado con reducir el intercambio de inteligencia. El miércoles 14 de octubre se restringió Starshield, el sistema de satélites con el que Kiev se comunica con las tropas en el frente y guía los drones. La Casa Blanca negó cualquier implicación; posteriormente, dos funcionarios estadounidenses confirmaron a Reuters que la orden había partido precisamente de la Casa Blanca. Putin vende el gasóleo y a Kiev se le pide que respete las refinerías que lo producen.

El sábado 10 de octubre, Trump ya había encontrado al culpable del encarecimiento del combustible: Ucrania. A Zelenski «más le vale dejar de una maldita vez» de bombardear las refinerías rusas, declaró, y Kiev necesitaba un nuevo presidente. Que el diésel estuviera en máximos desde la guerra contra Irán, iniciada por él mismo en febrero, era un detalle sin importancia. Ese mismo día, un ataque ruso contra Zaporiyia mató a veinte personas, tres de ellas niños.

En las ciudades griegas, en tiempos de desgracia, se elegía a un pharmakos: un chivo expiatorio al que expulsar más allá de las murallas con todas las culpas de la comunidad. Trump ha elegido a Ucrania: el país invadido, culpable de no dejarse invadir en paz.

El jueves 15 de octubre, un dron ucraniano alcanzó la refinería de Riazán, una de las mayores de Rusia. Trump habló de «vergüenza». Por primera vez desde el comienzo de la guerra, la televisión estatal rusa emitió imágenes de una refinería atacada. Moscú y Washington han encontrado una oficina de prensa común.

Las redes sociales se encargan del resto. Según las evaluaciones de los servicios de inteligencia estadounidenses publicadas en septiembre por el New York Times, el Kremlin ha aprobado una nueva campaña de desinformación para las elecciones de mitad de mandato. Las empresas que vigilan la propaganda en línea la han visto en acción: actores de Hollywood recreados con inteligencia artificial para atacar a los demócratas en las contiendas más reñidas al Senado, escándalos de corrupción inventados contra Cory Booker y John Hickenlooper, falsas páginas web de Reuters, Washington Post y Fox News repletas de artículos que nadie ha escrito. Otra operación rusa ha promocionado el acuerdo sobre el gasóleo. Contra los candidatos republicanos, por ahora, nada.

En el Congreso, alguien se ha dado cuenta. El domingo 11 de octubre, tres senadores republicanos —Susan Collins, Lisa Murkowski y Thom Tillis— firmaron junto a los demócratas una declaración en la que pedían al presidente que rectificara: una ley prohíbe importar energía rusa mientras dure la agresión contra Ucrania. El martes 13 de octubre, los firmantes ya eran doce, seis de ellos republicanos. Ese mismo día, un periodista preguntó a Trump si alguien le había explicado que con ese dinero Rusia podía comprar más bombas.

Dos días después, la televisión mostró cómo se hace. El jueves 15 de octubre de 2026, mientras Netflix estrenaba la cuarta temporada de The Diplomat, en el episodio final la presidenta Grace Penn anunciaba en la cumbre del G7 en la Toscana que Estados Unidos abriría fuego contra cualquier país que obstaculizara sus barcos. La embajadora Kate Wyler bajaba del escenario, entregaba su acreditación y se marchaba. Billie Appiah y Miguel Ganon la seguían. Después, el vicepresidente, su marido.

A Grace Penn le bastó con amenazar una sola vez a sus aliados para perder a medio Gobierno. Trump ha amenazado con anexionarse Canadá y apropiarse de Groenlandia, territorio de un aliado de la OTAN. En octubre compró el gasóleo de Putin y exigió a Kiev que respetara las refinerías rusas. En Washington, el desacuerdo todavía se expresa por carta. Para ver dimisiones en directo hay que abonarse a Netflix.

Aquel jueves, mientras tanto, los servicios de inteligencia estadounidenses debían celebrar con los responsables electorales de los estados la primera sesión informativa confidencial sobre amenazas al voto en más de dos años. Se canceló porque no conseguían establecer una conexión segura. El Kremlin sí tiene una.

La hora de rendir cuentas

En la encuesta de Reuters/Ipsos realizada entre el 17 y el 20 de septiembre de 2026, la aprobación de Trump cayó al 32 %, el mínimo de toda su carrera política. En la gestión del coste de la vida, su gran baza electoral, se queda en el 17 %. La guerra con Irán y el encarecimiento de los combustibles le han pasado factura. Y no aceptan promesas como forma de pago.

El Pew Research Center sitúa su aprobación en el 30 %. Polymarket asigna un 63 % de probabilidades a que los demócratas conquisten ambas cámaras. La Pitia de Delfos consultaba a los dioses; hoy se consultan las encuestas. Cambian los oráculos, no las ganas de oír que el futuro acabará dándonos la razón.

Pero el dato más elocuente no tiene que ver con la popularidad, sino con quién creen los estadounidenses que debe servir la presidencia. En la encuesta de AP-NORC, realizada entre el 24 y el 28 de septiembre y publicada el 13 de octubre, el 56 % considera que Trump ha dado mucha prioridad a sus propios intereses empresariales, y el 54 %, a los de sus amigos y familiares. Solo el 23 % cree que ha antepuesto el país en su conjunto; apenas el 11 % piensa que ha priorizado a personas como ellos. En cuanto a los beneficios obtenidos gracias a la presidencia, el 41 % sospecha que ha habido conductas ilegales y otro 18 % las considera poco éticas, aunque no ilegales. A estas alturas, la pregunta no es solo cuánto apoyo le queda a Trump, sino hasta qué punto los estadounidenses creen que ha puesto la presidencia al servicio de sí mismo.

Vistas desde Europa, esas cifras parecen demasiado indulgentes. Según el Pew Research Center, en ocho de los diez países europeos examinados entre febrero y mayo de 2026, alrededor de tres de cada cuatro ciudadanos, o más, desconfían de Trump. Para el Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, en mayo apenas el 11 % de los europeos seguía considerando a Estados Unidos un aliado. Al otro lado del Atlántico, en cambio, casi uno de cada tres estadounidenses continúa aprobándolo. Los efectos especiales de Salmoneo, por lo visto, conservan un público propio.

En su propio país, el apoyo se desinfla también entre los republicanos: el 31 % de quienes lo votaron en 2024 ya lo desaprueba. Trump ha prometido tanto y ha cumplido tan poco que su propia voz se ha convertido en un riesgo electoral. Para remontar en las encuestas solo le queda una jugada, la única que nunca ha probado: callarse.

En Bruselas, Tokio y Ottawa han empezado a contar los días en el calendario: desde la votación del 3 de noviembre de 2026 hasta el 20 de enero de 2029, cuando tomará posesión el próximo presidente, faltan 809 días. También Cronos acabó en el Tártaro. El tiempo, a diferencia de los dioses, no necesita impresionar a nadie: simplemente pasa.

Todas sus máscaras mitológicas tienen un final escrito de antemano. Salmoneo acabó incinerado junto con su ciudad por pretender hacerse pasar por Zeus. Midas consiguió que todo se convirtiera en oro y descubrió que un deseo cumplido no se puede comer. Tántalo sigue suspendido entre el agua que se retira y los frutos que se le escapan. Tres castigos distintos para la misma pretensión: confundir el poder con la omnipotencia.

Virgilio ya había encontrado la fórmula: non imitabile fulmen. El rayo no se imita impunemente. El 3 de noviembre serán los votantes, no los dioses, quienes decidan cuánto ha costado este grotesco espectáculo.

Fuentes mitológicas: Apolodoro, Biblioteca I 9,7; Virgilio, Eneida VI 585-594; Higino, Fábulas 61; Homero, Odisea XI 582-592 y Píndaro, Olímpica I (Tántalo); Ovidio, Metamorfosis XI 85-145 (Midas). Fuentes periodísticas y documentales: Tribunal Supremo de Estados Unidos, Learning Resources, Inc. v. Trump (20 de febrero de 2026); FactCheck.org (10 de septiembre de 2026); Committee for a Responsible Federal Budget; Oficina del Censo de Estados Unidos; Casa Blanca y CMS, pagos de Medicare (2-3 de octubre de 2026); U.S. Customs and Border Protection, declaraciones ante el Tribunal de Comercio Internacional (agosto de 2026); Associated Press y Reuters sobre los pagos y las investigaciones relacionadas con el voto; Atlanta Journal-Constitution y NPR sobre la incautación de material electoral del condado de Fulton; Departamento de Justicia de Estados Unidos; CalMatters, Shasta Scout y condado de Shasta (certificación de las primarias, julio de 2026) sobre el condado de Shasta; Votebeat (17 de abril de 2026); Reuters/Ipsos (1 de septiembre, 21 de septiembre y 5 de octubre de 2026); Research Co. (13-15 de enero de 2026); Pew Research Center (8 de octubre de 2026); AP-NORC (13 de octubre de 2026); Pew Research Center (23 de junio de 2026) y ECFR (10 de junio de 2026) sobre la opinión pública europea; Reuters (18 de julio de 2026) sobre la declaración de Mojtaba Khamenei; Departamento del Tesoro (26 de marzo de 2026) sobre la firma presidencial en los billetes; Reuters (13 de julio de 2026) sobre el déficit federal de junio y las devoluciones de aranceles; Reuters (11, 13 y 16 de octubre de 2026), Al Jazeera (11 de octubre de 2026) y New York Times (10 de octubre de 2026) sobre el acuerdo del diésel ruso y los ataques a las refinerías; Reuters Breakingviews, Hugo Dixon (19 de octubre de 2026); New York Times (18 de septiembre y 16 de octubre de 2026), Graphika y Alethea sobre las operaciones rusas de influencia; CNN (15 de octubre de 2026); Netflix, The Diplomat, temporada 4, episodio 8, «Warships» (15 de octubre de 2026).

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